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El camino, incierto pero lleno de matices, nos impulsa a explorar nuevos trayectos y a preguntarnos si el amor basta para sobreponerse a la tristeza que nace de no saber qué nos espera.

Capítulo 5. Eco de incertidumbre
LA PRESENTACIÓN
Habían recorrido ya un largo tramo del camino. Habían pasado por ese tiempo de descubrimientos, de dudas, de miradas que se buscan sin saber si el otro siente lo mismo, hasta llegar a la certeza: sí, estaban enamorados.
Pero el amor —ese que uno imagina como escudo y refugio— no siempre basta para enfrentar las pruebas que la vida coloca con precisión casi cruel. Y la prueba mayor, en este caso, tenía nombre y apellido: la familia de él.
Una familia exigente, orgullosa, que esperaba mucho de la futura esposa del hijo mayor. Y que, sin proponérselo, se interponía entre Liz y Femar.
Al mismo tiempo, rondaba la figura de aquella joven sobrina de un expresidente, de apariencia discreta pero con un estatus social que la madre de Femar anhelaba. Enamorada en silencio, aguardaba, como toda su familia, que él diera un paso hacia ella.
Pero así son las trampas de la vida: uno cree estar destinado a alguien y, aun así, el universo parece poner barreras para probar si ese destino es real o solo un espejismo.
Liz y Femar, convencidos de que lo suyo era auténtico, decidieron avanzar. El primer paso: presentarse como novios ante la familia de Liz, más abierta, más sensible a los sentimientos de su hija.
Aquella tarde, mientras sus padres esperaban con curiosidad al joven, Liz contenía la respiración. Rogaba que él fuera bien recibido, que ese inicio fuera bello y prometedor.
Él llegó con educación impecable, con esa serenidad que oculta el propio nerviosismo. Conversaron. Se conocieron un poco más. Y mientras las palabras iban y venían, Liz sentía cómo su ansiedad le recorría la piel: no sabía qué camino tomaría su historia a partir de ese instante.
Su madre, directa y sincera, la llamó aparte y le confesó que presentía algo que no terminaba de convencerla. Fue la primera señal, el primer tropiezo. Pero Liz, obstinada en amar, estaba segura de poder demostrarle que él era el hombre que había imaginado desde niña.
Su padre, más discreto, solo añadió: “Ten precaución”.
Con eso, Liz sintió que el primer paso estaba dado… pero el segundo, el más temido, estaba por venir.
Presentarse ante la familia de Femar.
Ese día, pospuesto una y otra vez, finalmente llegó. Liz se preparó como si fuese a una entrevista decisiva. No durmió, no comió, no logró serenarse.
El trayecto hasta la casa que podría convertirse en su segundo hogar se le hizo interminable. Llevaba el corazón encogido y la esperanza entre las manos.
Entró con la determinación de demostrar que valía, que sus virtudes superaban cualquier diferencia social.
Pero apenas cruzó la puerta sintió las miradas. Miradas que no la conocían, pero ya la juzgaban. Miradas que la desnudaban y la clasificaban sin preguntarle quién era realmente.
Nunca había sentido un rechazo tan sutil, tan silencioso… y tan profundo.
Las primeras palabras de la madre de Femar confirmaron lo que Liz ya intuía: un desprecio envuelto en cortesía.
Aun así, ella sacó fuerzas y mostró lo mejor de sí. Pero no alcanzó para una familia que vivía pendiente de las apariencias y del juicio ajeno.
El encuentro duró poco.
Cuando salió de esa casa, Liz supo que no quería volver jamás. Nunca más en su vida deseaba sentirse tan pequeña, tan fuera de lugar, tan injustamente medida.
LA DECISIÓN
Pasaron días silenciosos, casi suspendidos en el aire. Días sin mensajes, sin llamadas, sin nada… excepto los sentimientos, que seguían allí, fuertes y tercos.
Ambos pensaban en el futuro, pero también en los obstáculos que seguían en pie: el rechazo de la familia, el miedo de ella a sentirse menos, el miedo de él a perderla.
Fue entonces cuando Liz tomó una decisión: alejarse por un tiempo y dedicarse al servicio de Dios y de los demás. Necesitaba paz, claridad, distancia.
Cuando Femar lo supo, sintió que el mundo se le escapaba entre los dedos. Temió perderla para siempre. Y por primera vez, sin reservas, fue a buscarla.
Con el corazón expuesto, le pidió que se quedara, que no se fuera de su lado.
Pero Liz, fiel a su destino —y quizá a su miedo—, le dio un no rotundo.
Le dejó tiempo para pensar, mientras ella emprendía otro camino.
Viajó, ayudó, cantó, compartió.
Y en ese tiempo lejos del ruido, descubrió que su amor era verdadero. Que aquel joven que empezó siendo una duda se había convertido en parte de su alma.
Sabía que él había sido indeciso, sí… pero también había sido valiente al final.
Regresó renovada, con la serenidad de quien se ha encontrado consigo misma.
Y mientras ella aceptaba sin miedo que él era el amor de su vida, Femar descubría que no podía pasar un solo día sin pensar en ella.
Fue entonces cuando comprendió que debía hacer lo que desde un inicio había temido: pedirle que compartiera el resto de su vida con él.
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