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Las historias no nacen en un instante; se deslizan fuera del tiempo y del espacio que creemos conocer. A veces, el pasado nos toca con más fuerza de la que imaginamos. Mi historia comenzó mucho antes de que pudiera oler este mundo, antes incluso de que mis sentidos supieran lo que era vivir. Es extraño, pensar que existimos en un punto paradójico de nuestras vidas, intentando dominar el tiempo y el espacio, como si fueran barro entre nuestras manos. Pero todo se escapa, inevitable, dejando solo la huella invisible de lo que alguna vez fue.

Capitulo 1. Liz.
Liz. (mi madre)
"Las brechas socioculturales que el mundo nos impone marcan a una sociedad, más en un país de desigualdades como lo es Colombia. Esas brechas y esa imposición de los que obtienen el poder por medio del dinero obligan a que la educación y la desigualdad sigan siendo marcadas."
Son muchas las historias que se generan en torno a estas estructuras socioculturales. Como en la del entorno de lo que se considera el estrato socioeconómico medio. Esta clase social trabajadora, que raya la clara fina que hay entre dos mundos opuestos, en donde no se consigue mucho, pero no se tiene poco, podría decirse que se tiene lo necesario, pero con mucho esfuerzo.
Este es el caso de Liz, nacida en una familia humilde, pero trabajadora, hija de una mujer valiente, luchadora y trabajadora, pero también de un carácter fuerte y con un alto nivel de exigencia con los que la rodeaban. Se encargaba de traer vidas al mundo, veía por la salud de una comunidad que confiaba plenamente en su sabiduría, a pesar de ser ella una persona sin una educación básica. No siendo eso suficiente, el resto de su tiempo lo dedicaba a leer el futuro de las personas que en ella ponían la esperanza de un sueño. Leer la mano, leer las cartas, adivinar el futuro era algo que hacía con fluidez, que cautivaba al mundo y generaba una especie de alivio en las personas que la visitaban. A este arduo, incansable e imparable trabajo se le sumaba el peso de construir una base estable para su familia, siendo ella, con sus propias manos y dinero, la que construía paso a paso y ladrillo a ladrillo el sueño de tener su propia vivienda.
Por otro lado, su padre, un carpintero humilde que trabajaba incansablemente construyendo muebles o cualquier pieza de madera que le encargaran, llevaba una vida dentro del aserrín, pero también en el juego y licor, cada mañana el acompañante de su primer comida su infaltable copa de aguardiente y así mantenía su día, entre su casa convertida en su sitio de trabajo y su lugar favorito, la tienda de barrio llena de juegos de azar, de bebidas y de risas superficiales, de personas que se reunían allí para ocultar el dolor que sus vidas escondían y que querían olvidar con cada trago de licor que llevaban a su boca, con las que querían quemar su frustración en su garganta cada vez que pasaban un trago de aguardiente.
Esta pareja común formó una familia con tres hijos varones y una niña llamada Liz. Al comienzo de sus vidas, no tenían más que un terreno con algunas paredes construidas, en donde los 4 convivían juntos sin más comodidades que un par de camas, y con la obligación de levantarse día a día para conseguir el sustento diario. Con el tiempo, ese, su hogar, su casa fue construida ladrillo a ladrillo por su propia madre. Su padre iniciaba el día al escuchar el leve sonido de los pájaros que se ocultaban en esa tenue oscuridad, junto a sus hijos que luchaban por sobrevivir en un mundo vacío, sin sueños ni esperanzas. Para su padre y madre, la educación no tenía mayor relevancia; para ellos era importante mostrar a sus hijos el camino de la productividad, del trabajo y de la monotonía, como lo habían aprendido de sus respectivas familias, siendo así que el círculo generacional siguiera su camino.
Esta familia seguía el “curso normal” de sus principios; todos trabajaban en el negocio familiar de una u otra manera, el dinero que se lograba obtener era para su diario vivir y para seguir adelantando lo que tanto quería su madre, que era su casa, que a pesar de no tener muros fuertes y diseños exclusivos, la querían con todo su corazón, porque allí veían reflejados los esfuerzos de trabajo. Así que la familia se iba consumiendo en la monotonía de un día a día, sin sueños, sin esperanzas.
No querer conformarse con lo que se tiene es una chispa especial que no cualquiera posee en sus vidas y, en este específico caso, la pequeña Liz no lo quería hacer; tenía esa chispa especial que la impulsaba a buscar nuevos y especiales mundos. Esta pequeña mente que se ocultaba detrás de ese menudo e inocente cuerpo, tratando de encajar en un mundo que parecía no le pertenecía, vivía viendo el mundo adinerado y acomodado de la familia cercana, preguntándose muchas veces por qué ese mundo no le pertenecía a ella también. Ver la opulencia de sus primos y recibir lo que ellos ya no usaban más hacía crecer los sueños para salir de ese mundo paralelo.
Soñar, para ella eso era todo, pero al contrario que sus hermanos, ella quería marcar la diferencia y se esforzó mucho en su educación básica, y no, no quiso darse por vencida, quiso ir contra la corriente, quiso querer marcar la diferencia, así que empezó un estudio superior en donde también dejó alma y corazón, luchas y enfrentamientos con la familia, ese estudio en donde llegaría una situación que le cambiaría todo el rumbo de su vida...
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