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Habitamos un mundo que se nutre de apariencias, sombras que despiertan gestos y juicios en quienes nos rodean. De ellas nacen sueños y expectativas que rozan lo imposible, y así, muchos terminan vistiendo máscaras para pertenecer a una realidad hecha de brillos superficiales y metas que se desvanecen al intentar tocarlas

Capitulo 2. Femar.
La época de 1900 estuvo marcada por las tradiciones culturales de un pueblo que acrecentaba las diferencias económicas y sociales. Así, la madre de Femar nació en la clase más privilegiada, rodeada de lujos y, como se decía en su momento, de sirvientes que la trataban como a una porcelana en contemplación. Sus días transcurrían entre clases de francés y etiqueta, junto a sus dos hermanas, su madre y su padre: un alemán de carácter fuerte, pero a la vez sensible, que buscaba mantener su posición opulenta, incrementando su fortuna día a día.
Marie, una niña de mirada penetrante, con ojos azul grisáceos imposibles de ignorar, transmitía un aire de poder en sus acciones. Había creado su propio mundo, alejado de la oscura realidad que la rodeaba. Pero esa niña sintió el miedo y la angustia al cumplir apenas 12 años, al enterarse de que hombres mucho mayores la pretendían en matrimonio. Ese era el ritual de las familias adineradas: preservar su estatus y fortuna. Cada día llegaban doctores, abogados, hombres de alta clase social, intentando conquistar el mayor tesoro: ella. Marie, abrumada, asustada y angustiada, pedía con fervor que ese paso nunca llegara. No quería alejarse del mundo seguro al que estaba acostumbrada.
En contraste, el padre de Femar, Alfonso, era un hombre humilde y trabajador que cultivaba la tierra día tras día. Sus rasgos mostraban con orgullo sus raíces indígenas. Pertenecía a una familia luchadora, que sobrevivía del fruto del arado. Vivía sumido en la rutina del campo colombiano, despertando con el sol y descansando al caer la noche.
Una tarde cualquiera, el olor de la incertidumbre invadió a Marie, como si su corazón presintiera la sorpresa que el destino le tenía preparada. Dos mundos opuestos, como la noche y el día, estaban a punto de encontrarse. Los ruidos cotidianos fueron interrumpidos por una voz imponente que retumbó en sus oídos: era el inclemente destino que venía a reclamarla. Así fue como Marie conoció al hombre que, por decisión de su padre, sería su esposo. Un trabajador humilde que, por lazos sanguíneos del lado materno, la pretendía. Su padre, por amor a la familia, aceptó esa unión, pese a pertenecer a otra clase social. Marie, con el corazón destrozado y entre lágrimas, aceptó la voluntad de su padre. Su amor por él era infinito.
No pasó mucho tiempo hasta que la esperada boda llegó. Marie caminaba hacia el altar con el corazón asustado y lleno de incertidumbre. En sus ojos aún brillaba la inocencia, mientras se dirigía hacia un hombre que apenas conocía y que no la cautivaba en lo más mínimo. Avanzaba hacia un futuro incierto, sin una mínima luz de esperanza. El destino parecía querer alejarla de su mundo de opulencia, cuando Alfonso decidió llevarla a la capital, a miles de kilómetros de su gran castillo, llevando consigo los ahorros de toda su vida para comprar una pequeña vivienda que se convertiría para siempre en su hogar.
Los días pasaban, y con ellos se formaba una familia, lejos de los lujos que Marie había conocido, lejos de sus tierras y de todo lo familiar. Ni siquiera sabía cómo hacer las labores básicas del hogar. Los años le parecían eternos, viviendo con frustración y rabia por no haber tenido otro destino. Llenó su vida de resentimiento, con la esperanza de algún día recuperar lo que había perdido en aquellos segundos que cambiaron su vida. Poco a poco, comenzó a adaptarse al nuevo entorno. Pero también comenzó a sufrir los cambios de quien ahora era su esposo y su dueño. Los gritos y golpes se volvieron parte de una cotidianidad de la que sería difícil escapar. Su hermoso y anhelado pasado se sentía cada vez más como un sueño lejano.
Con el tiempo, tuvieron cinco hijos: cuatro varones y una niña. Alfonso logró superar obstáculos impensables, llegando a ocupar cargos importantes en una ciudad oprimida por la presión socioeconómica. Incluso dirigió la cárcel más importante del país, lo cual endureció aún más su carácter y su trato hacia su familia.
La frustración de Marie, junto con el sueño de escalar socialmente, la llevó a proyectar todos sus deseos en sus hijos. Les exigía cumplir metas elevadas, impulsándolos por un camino de apariencias, soledad y depresión.
Y sí, la palabra “apariencias” definía perfectamente a esta familia. De puertas para afuera eran el ejemplo ideal: hijos ejemplares, familia unida y querida. Pero por dentro, se vivía un pequeño infierno. La violencia, los gritos y las agresiones eran el pan de cada día.
Femar, el hijo mayor, estudió filosofía, en contra de los deseos de su madre, quien soñaba con verlo convertido en un médico prestigioso. También estudió artes escénicas, lo cual su madre consideraba inapropiado para el estatus familiar. Intelectualmente dotado, Femar construyó un mundo paralelo lleno de arte como forma de escape. Junto a sus dos hermanos, creó obras teatrales que empezaron a ser reconocidas en América Latina. Los tres luchaban por sus sueños, llevando el arte a lugares inimaginables. Femar, con un don natural para la palabra, comenzó a escribir novelas que fueron premiadas y reconocidas internacionalmente. Decidió vivir el “sueño argentino”, sintiendo esa cultura como propia. El tango corría por sus venas, y los aromas de las parrillas porteñas lo acompañaban donde fuera. Escribió obras memorables en Argentina, aclamadas y galardonadas, mostrando así su talento e inteligencia.
Pero la vida no siempre permite que los sueños se cumplan. La realidad los alcanzó nuevamente. La madre seguía presionando para alcanzar el éxito, y el padre, envuelto en el alcoholismo, ejercía violencia física y psicológica, proyectando en su hogar los rigores de su oficio. El ambiente en casa era tenso, opresivo, lleno de miedo.
Luisa, la única hija, era el centro de atención, aunque no en el buen sentido. Era hermosa, de cabellera sedosa y con la figura típica de una actriz. Cada uno de sus movimientos parecía detener el tiempo. Sin embargo, vivía reprimida bajo el control familiar, sin libertad para decidir su propio destino. Cada vez que intentaba tener una pareja, su familia lo evaluaba con lupa, y jamás aprobaban a nadie. Eso la llevó a sentirse cada vez más sola con más inseguridades y resentimientos, al igual que su madre.
Durante un viaje a Argentina con sus hermanos, Luisa conoció el amor. Ese amor que envuelve, cuida y transforma. Fruto de esa relación, nació una nueva vida. Ella, feliz y realizada, volvió a casa con la buena noticia. Algunos la recibieron con agrado, otros con recelo, y su madre, con indignación. Solo pasaron dos meses antes de que el hombre al que amaba llegara a prometerle un futuro juntos. Pero jamás imaginó enfrentarse a un infierno: fue tratado con sarcasmo, desprecio y discriminación, así que decidió irse para no volver. Aquello partió la vida de Luisa en dos. Enfrentó sola la maternidad, en medio de una familia disfuncional.
Después de aquel regreso, Femar intentó retomar su vida. En ausencia del padre, asumía el papel de jefe del hogar, guiado por los deseos de su madre. Pero un día, por esas vueltas del destino, algo cambió su camino para siempre...
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