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Cuando el destino intenta alcanzarnos y nosotros solo deseamos huir, tarde o temprano descubrimos que correr no retrasa el encuentro, solo lo alarga. Pero en ese trayecto se abren ante nosotros otros mundos, otras miradas, y aprendemos que incluso la fuga tiene sus revelaciones.

Capitulo 3
Liz vivió una niñez que podría definirse como común, si no fuera por los ecos de sucesos que, como sombras alargadas, marcaron su alma. Unos eventos que, en su momento, parecían simples capítulos, pero que se convirtieron en los pilares de una vida cargada de silenciosas cargas que tuvo que llevar sin preguntar.
En su adolescencia, la rutina se tejía entre sueños e ilusiones, como hilos invisibles que la mantenían a flote. El estudio, para ella, era mucho más que una obligación; era la llave que abriría las puertas al cambio que, con añoranza y desesperación, tanto deseaba. No quería conformarse, no quería ser una más. Quería destacar, hacer una marca en el mundo, como una estrella fugaz dispuesta a arder en su esplendor. Era un torbellino de entusiasmo, una soñadora incansable, con metas que rozaban lo inalcanzable. La alegría era su bandera, la risa su escudo. Siempre creía que la vida podía ser más sencilla si se la tomaba con ligereza, como un juego.
Sus sueños no se limitaban solo a la grandeza. También soñaba con un amor idealizado, un amor que la cubriera, que viniera a sanar las grietas que había dejado su infancia. Era un amor que nacía de las expectativas más altas, como un canto de esperanza que surgía de lo más profundo de su ser. No solo era una mujer llena de vida y luz, sino también de una belleza arrebatadora. Sus ojos azules, profundos y transparentes, tenían la capacidad de hechizar a quien se cruzara con ellos. Muchos eran los que deseaban compartir su camino, pero ella guardaba en su corazón expectativas que ningún hombre podría cumplir.
Siguió adelante, sus estudios eran su refugio, y su vocación por los niños, su razón de ser. Se entregaba con devoción a su misión, buscando ser la mejor en todo lo que hacía. En la última etapa de sus estudios, se enfrentó a un reto que parecía imposible. Pero Liz, como siempre, no se conformaba con lo ordinario. Buscaba lo extraordinario. Su corazón ardía por ofrecer a los niños lo mejor de sí misma. Así que comenzó a mover cielo y tierra, buscando a los mejores profesionales que pudieran ayudarla a cumplir su visión.
Mientras tanto, Femar, atrapado en las mismas ilusiones de su juventud, vivía un camino paralelo. Siempre acompañado por sus dos hermanos, quienes poco a poco se convertían en el reflejo de sus propias inseguridades, trataba de encontrar un futuro mejor. Un empleo que no solo satisficiera las expectativas de su madre, sino que les ofreciera la libertad que tanto anhelaban fuera de las cuatro paredes del hogar. Al igual que Liz, era un soñador. Quería llevar el arte al mundo, ser reconocido, dejar su huella en el universo intelectual que lo rodeaba. Sin embargo, la presión de una familia que siempre esperaba más lo sumió en el conformismo, un conformismo que lo fue consumiendo lentamente, haciendo desaparecer los sueños que alguna vez fueron su motor.
Buscó trabajos temporales, pequeños empleos que al menos pudieran proporcionarle algo de dinero para llevar a casa. La vida parecía una constante lucha por obtener la aprobación materna, por cumplir con las expectativas ajenas. Así fue como, sin esperarlo, apareció en su vida una persona que cambiaría su destino para siempre.
Siempre existen esos encuentros fugaces, esos momentos en los que una persona cruza tu camino solo para transformarlo por completo. Y así fue con Fabio. Un joven de espíritu ardiente, lleno de vida y siempre rodeado de gente. Conocía a todos, desde el círculo cercano de Liz hasta aquellos con un "nivel" diferente, como él mismo solía decir. Fabio, siempre dispuesto a ayudar, encontró a Liz en su camino. Sabía que su proyecto necesitaba algo más, y sabía que podría ser él quien la guiara a través de esa necesidad.
Así que, con la disposición de quien busca siempre lo mejor, Fabio se ofreció a ayudarla, contactando a un artista excepcional, recién llegado del exterior, con una vasta experiencia en el mundo artístico y escénico. Era la oportunidad perfecta para Liz. Y, como si fuera un golpe del destino, ese encuentro con la ayuda que tanto había buscado se materializó de una forma inesperada. Fabio, como un puente entre mundos distintos, se convirtió en el lazo que uniría a Liz con su sueño.
El día llegó, sin grandes expectativas, solo con el deseo de concluir el proyecto de la mejor manera posible. Femar, como siempre, deseaba que todo pasara rápido. Quería que la tarde terminara lo antes posible, cumplir con el trabajo y escapar. Pero ese encuentro, aunque parecía solo un pequeño trabajo de una tarde, tendría un impacto mucho mayor del que cualquiera de ellos podría imaginar.
Cuando Liz vio a Femar, algo en su interior se desbordó. Era un hombre mayor de lo que había imaginado, con una gran barba y una cabellera desordenada, lo que le confería un aire de sabiduría y experiencia. Su mirada profunda, detrás de unas gafas que parecía otorgarle una perspectiva distinta de la vida, le transmitía una cierta grandeza, como si fuera un hombre de otro tiempo. A sus 35 años, sus gestos y su forma de actuar revelaban una vida llena de caminos recorridos, y Liz no pudo evitar sentirse impresionada. Disimuló el golpe de nervios que la recorrió, pero algo en su pecho se agitó. Una premonición, un instinto, algo que no podía explicar la alertaba de que este hombre iba a cambiar algo en su vida.
Él, a su vez, se quedó cautivado por los ojos de Liz, esos ojos tan profundos que parecían reflejar no solo su belleza exterior, sino la historia de su vida. La observaba, analizándola, con una mirada que parecía leer las páginas ocultas de su alma. Cuanto más la miraba, más convencido estaba de que esa joven de 25 años guardaba algo único, algo que no podía dejar de explorar.
Para los demás, el encuentro parecía uno más de trabajo, una reunión más, rodeada de papeles, proyectos y una ligera corriente de banalidad. Pero entre esos dos seres se tejían silenciosos lazos de curiosidad y atracción, un deseo inconsciente de descubrirse mutuamente. Sin palabras, sin que nadie lo advirtiera, comenzaron a indagar en la vida del otro.
Femar, con su mirada profunda y su conversación cautivadora, deslumbro a Liz. A través de sus historias, su trayecto vital, ella logró ver más allá del hombre que tenía frente a sí. Y ella, con su forma abierta, extrovertida y casi infantil de ver el mundo, logró borrar las diferencias que en un principio parecían separarlos. Con una sonrisa, convirtió lo ordinario en extraordinario. En su presencia, todo lo cotidiano se tornaba en algo especial, en una celebración.
Y así, lo que se pensaba sería solo un pequeño trabajo de una tarde, se transformó, casi sin quererlo, en una cita que no tenían planeada, pero que ya estaba escrita en las estrellas.
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