top of page

"El amor es impredecible: no conoce fronteras ni relojes, se desliza como un río secreto que atraviesa las almas.
No entiende de diferencias, porque en su abrazo todo se disuelve, todo se iguala.
Es un fuego suave que arde en silencio y un torbellino que arrastra al deseo,
un anhelo infinito de fundirse en un solo universo,
donde dos mundos laten como uno,
y todo se viste de amor."

< Back
15 Minutes

Capitulo 4.

¿Quién lo habría imaginado?

Una joven nacida del esfuerzo, hija de padres humildes, sin estudios y señalados por la sociedad como parte de la clase trabajadora, tejía amistad con un filósofo célebre, actor reconocido e intelectual cuyas novelas habían sido galardonadas en escenarios internacionales. Nadie, absolutamente nadie lo esperaba; porque, a los ojos del mundo, las diferencias sociales son muros que no se atraviesan, heridas que no se cierran, abismos que no se colman.

La segunda cita, tan deseada, se erguía como una promesa. Habían convenido en continuar aquel proyecto que, según ellos, permanecía inconcluso, como si algo en su encuentro anterior hubiera quedado suspendido en el aire. Los días que mediaron entre una cita y la otra se volvieron insoportablemente largos; las horas, pesadas como plomo, y sus pensamientos no cesaban de abrir caminos hacia todas las posibilidades del reencuentro.

Y entonces llegó el día.
La cita, sin embargo, se tornó extraña. Él apareció acompañado de su hermana, Cris, inseparable guardiana de sus pasos, presencia constante que lo seguía como sombra obstinada. Se encontraron en una modesta cafetería donde, paradójicamente, conversaron de todo menos de lo acordado. Y la acompañante, en su silencio, se desdibujó poco a poco, diluyéndose en un rincón como si la luz de aquel momento no la alcanzara.

Liz, con el alma abierta, le narró su vida: sus sueños, sus ansias, la fragilidad de sus esperanzas. Él, con voz de quien ha vivido demasiado, relató sus experiencias y los triunfos alcanzados hasta entonces. Ambos quedaron cautivados: ella, ante la fuerza y la prosperidad que irradiaba; él, hechizado por la pureza de su mirada, por su inocencia, por la frescura de sus sueños. Desde ese instante, el destino comenzó a torcerse hacia un rumbo inesperado, y los dos empezaron a contemplarse juntos en la misma senda.
Pero Liz, eterna soñadora, temía que aquella dicha fuera demasiado perfecta, como esos sueños que se desvanecen apenas despierta. Él, en cambio, pensaba en su madre, siempre expectante, siempre deseosa de que su hijo alcanzara algo más allá de lo que ya era.

El tiempo siguió su curso, hilando encuentros y despedidas que llenaban de ilusión a Liz, pero también de incertidumbre. ¿Qué sería de su futuro a su lado? ¿Estaría él dispuesto a seguir derribando la muralla invisible que separaba sus mundos?

Caminaron, rieron, recorrieron parques donde la tarde parecía eterna, aunque nunca lograron estar completamente solos: dos presencias constantes vigilaban cada paso, obstinadas en no apartarse de él. A pesar de ello, Liz se aferraba a la idea de que todo valía la pena, convencida de que el tiempo, paciente y sabio, lo transformaría todo.

En lo más profundo de su corazón, lo anhelaba con fuerza: un compañero de aventuras y risas, de silencios y descubrimientos. Alguien que alimentara su alma y la llevara de la mano hacia mundos aún desconocidos.

Envíame un mensaje y dime lo que piensas

¡Gracias por tu mensaje!

bottom of page